Proyecto de Evaluación de Procesos de Cambio y Transformación
UPN: Universidad Pedagógica Nacional
LEIP: Licenciatura en Educación e Innovación Pedagógica
MÓDULO 11
Evaluación y seguimiento de proyectos de intervención e investigación educativa
ALUMNO: Tania Lizbeth Resendiz Trejo
GRUPO: 4
TUTOR: Mtro. Israel Hernández Hernández
Proyecto de Evaluación de Procesos de Cambio y Transformación
Huerto Escolar Comunitario Primaria Adolfo Espinoza Ángeles · Xindho Primero · Zimapán, Hidalgo
Introducción
La formulación rigurosa de proyectos es determinante para alcanzar impactos significativos y asegurar el financiamiento necesario. Cruz-Sánchez-Martínez et al. (2020) destacan cómo un planteamiento claro y estructurado facilita el seguimiento, la rendición de cuentas y la escalabilidad en iniciativas de toda índole. En el caso de la sustentabilidad ambiental, estos principios cobran especial relevancia debido a la complejidad socioecológica y a la urgencia de atender problemáticas globales, como la seguridad alimentaria y la degradación del suelo.
El huerto escolar comunitario de la Primaria Adolfo Espinoza Ángeles surgió como una respuesta integral a retos nutricionales, pedagógicos y sociales en Xindho Primero, Zimapán, Hidalgo. Su diseño articuló a estudiantes, docentes, familias y organizaciones locales en torno a objetivos definidos: aprendizaje vivencial sobre ciclos naturales, promoción de hábitos alimentarios saludables y fortalecimiento del capital social. A lo largo de 18 meses, este espacio se convirtió en un laboratorio vivo donde teoría y práctica convergieron para generar transformaciones tanto individuales como colectivas.
Respaldado por marcos teóricos de Educación para el Desarrollo Sostenible (UNESCO, 2014), agroecología (Altieri, 2002), capital social (Pretty, 2003) y resiliencia socioecológica (Folke, 2006), el proyecto comunicó conocimiento académico con saberes locales. Esta amalgama permitió cultivar no solo hortalizas, sino actitudes de cuidado, colaboración y sentido de pertenencia. Además, la incorporación de prácticas de economía circular—como el compostaje escolar y la captación pluvial—reforzó la coherencia entre la teoría y la práctica.
La presente evaluación sistematiza los procesos de cambio y transformación observados, describiendo resultados cuantitativos y cualitativos, analizando vicisitudes y propuestas de mejora. Mediante la triangulación de fuentes—entrevistas, encuestas, observación participante y revisión bibliográfica—se contrastan los logros con las expectativas teóricas y se formulan recomendaciones estratégicas. Este informe busca ofrecer un modelo replicable y adaptable, orientado a instituciones educativas, autoridades municipales, estatales y federales, para escalar experiencias de sustentabilidad y resiliencia en comunidades diversas.
Objetivos y alcance de la evaluación
Verificar el cumplimiento de los objetivos iniciales y la generación de nuevos fines.
Medir mejoras en la realidad que motivó la intervención.
Evaluar la respuesta a las necesidades detectadas.
Identificar innovaciones y cambios al cierre del ciclo.
Formular recomendaciones basadas en evidencias para instituciones educativas, municipales, estatales y federales.
Lista de cotejo
Aspecto a evaluar | Sí | No |
Cumple con los objetivos o propósitos planteados originalmente | ✅ | |
Generó nuevos objetivos o propósitos durante la ejecución | ✅ | |
Mejoró la realidad que se pretendía transformar | ✅ | |
Atención a las necesidades que originaron el proyecto | ✅ | |
Se aprecian innovaciones y cambios significativos al término | ✅ |
Síntesis de indicadores y categorías
Indicadores cuantitativos:
Producción anual de hortalizas: 120 kg.
Incremento de materia orgánica: +0.5 % trimestral (FAO, 2017).
Reducción del consumo de agua en riego: 40 %.
Asistencia al Comité de Gobernanza: 92 % promedio.
Réplica en otras dos escuelas en seis meses.
Indicadores cualitativos:
Entusiasmo y orgullo estudiantil (Kolb, 2014).
Empoderamiento comunitario (Pretty, 2003).
Confluencia intergeneracional en jornadas comunitarias.
Categorías de información:
Óptimos (modelos teóricos de Altieri, 2002)
Reales (datos de campo)
Sentimientos (testimonios y grupos de enfoque)
Causas y soluciones (análisis de brechas)
Trascendencia (replicabilidad y redes locales)
Vicisitudes y gestión de imprevistos
Retraso en insumos: Demoras de tres semanas solucionadas con donativo de semillas nativas y préstamo de herramientas (Cooperativa Agrícola de Zimapán).
Falla de la bomba de riego: Reparación exprés y riego manual por turnos. Se instaló un tanque adicional para reserva.
Lluvias torrenciales: Inundación de bancales; se elevaron camas de cultivo y se adoptó drenaje con grava volcánica.
Descoordinación de horarios: Ajuste de calendario digital participativo (WhatsApp y Google Calendar) y jornadas dominicales alternas.
Brotes de plagas: Control biológico con macerados de ajo y jabón potásico; trampas cromáticas y siembra de plantas repelentes.
Rotación docente: Documentación exhaustiva en bitácoras y carpeta digital; capacitación acelerada de suplentes.
Conflictos de espacio: Elaboración de un reglamento de uso compartido tras reunión de conciliación con la dirección escolar.
Cada reto se transformó en una oportunidad de aprendizaje colectivo, reforzando la resiliencia socioecológica descrita por Folke (2006).
Contraste entre teoría y práctica
Elemento teórico | Evidencia práctica | Brecha remanente |
Ciclo experiencia–reflexión–acción | Talleres, bitácoras, simulacros climáticos | Falta formal de indicadores de reflexión |
Principios agroecológicos (Altieri) | Compostaje, policultivos, captación de agua pluvial | Monitoreo trimestral de nutrientes |
Capital social (Pretty) | Comité formal de gobernanza, jornadas comunitarias | Rotación de roles y estatutos definidos |
Resiliencia socioecológica (Folke) | Sistemas de riego manual y automatizado, simulacros de sequía | Plan de actualización de protocolos climáticos |
Economía Circular | Reutilización de residuos, huertos verticales, agua de lluvia | Medición de huella hídrica y material |
Conclusiones
El proyecto Huerto Escolar Comunitario inició en enero de 2024 con una siembra piloto en 25 m² de camas de cultivo y culminó en julio de 2025 como un programa institucionalizado de la Primaria Adolfo Espinoza Ángeles. Durante este período se establecieron cronogramas formales de siembra, talleres y monitoreo ecológico, permitiendo transitar de una prueba de concepto a un esquema con estatutos de gobernanza, manuales técnicos y alianzas con instituciones como “Semillas de Futuro”. Este proceso corroboró la importancia de una formulación clara y estructurada para la obtención de recursos y la sostenibilidad a largo plazo (Cruz-Sánchez-Martínez et al., 2020).
La dimensión social se transformó de manera profunda. La convivencia intergeneracional en jornadas comunitarias creó redes de confianza que Pretty (2003) identifica como capital social, y dio lugar a roles de liderazgo juvenil: 15 “Embajadores de Biodiversidad” surgieron como agentes de cambio. Las familias, tradicionalmente ajenas a la gestión escolar, se integraron en comités formales, elevando la participación del 30 % al 92 %. Este fortalecimiento de la cohesión social favoreció el aprendizaje colaborativo y el sentido de pertenencia.
En el ámbito económico, el proyecto generó empleo local mediante la contratación de técnicos y facilitadores para talleres de agroecología y cocina saludable. La reducción del gasto familiar en verduras —gracias a una cosecha anual de 120 kg— y la disminución del manejo de residuos orgánicos vía compostaje escolar ilustran un retorno social medible (Altieri, 2002). Además, los talleres “Cocina Verde” y las ferias bimestrales dinamizaron la economía de la cooperativa agrícola de Zimapán, reforzando cadenas de valor locales.
Las innovaciones metodológicas incluyeron la incorporación de simulaciones de riesgo climático y la adopción de plataformas digitales para la gestión de datos. Se integraron sensores de humedad y temperatura conectados a una hoja de cálculo en línea, permitiendo monitorear real time las condiciones del huerto (Folke, 2006). Paralelamente, se formalizó la Red de Huertos Escolares de Hidalgo mediante grupos de WhatsApp y Google Calendar, optimizando la coordinación y replicabilidad en al menos dos escuelas asociadas.
Este conjunto de logros evidencia no solo el éxito en atender objetivos iniciales, sino la generación de nuevos propósitos: crear un manual adaptativo de gobernanza y diseñar una convocatoria municipal de huertos escolares. La combinación de indicadores ecológicos (pH, materia orgánica), productivos y de participación social permitió validar el ciclo experiencia–reflexión–acción propuesto por Kolb (2014).
Finalmente, se recomienda a las autoridades educativas y gubernamentales:
Financiar la implementación de sensores y laboratorios de suelo en escuelas rurales.
Incorporar módulos de agroecología y resiliencia climática en planes de estudio.
Establecer fondos concursables para huertos escolares con métricas de impacto social y ambiental.
Promover convenios con universidades para dar seguimiento investigativo y formativo.
Estas decisiones, fundamentadas en la evaluación sistemática, garantizarán que el modelo escale de manera alineada con los estándares internacionales de educación para el desarrollo sostenible, agroecología y capital social.
Recomendaciones para la toma de decisiones
La evaluación del Huerto Escolar Comunitario deja en claro que, para institucionalizar iniciativas de sustentabilidad, las autoridades educativas deben incorporar la agroecología y la resiliencia climática en el currículo nacional (UNESCO, 2014), así como financiar infraestructura verde en todos los planteles, desde sistemas de captación de agua de lluvia hasta laboratorios de suelo que permitan un aprendizaje aplicado y permanente. Es imprescindible diseñar programas de formación continua para docentes en metodologías participativas y manejo agroecológico (Altieri, 2002) y crear comunidades de práctica interescuela que compartan protocolos de gobernanza, manuales técnicos y resultados evaluativos.
A nivel municipal y estatal, los gobiernos tienen la oportunidad de establecer fondos concursables específicos para huertos escolares, dotados de criterios claros de impacto social, pedagógico y ambiental, y de formalizar convenios con cooperativas agrícolas y universidades para asistencia técnica y capacitación (Pretty, 2003). Integrar los huertos al Plan de Desarrollo Municipal y a las políticas de seguridad alimentaria víncula la escuela con la ciudadanía, mientras que ferias y congresos locales pueden amplificar la visibilidad de los logros estudiantiles y reforzar la colaboración regional.
Las instituciones y empresas, por su parte, aportan un componente vital de responsabilidad social: pueden suministrar insumos —semillas, compost, herramientas— y ofrecer becas o mentorías técnicas a estudiantes, al tiempo que incorporan estos proyectos dentro de sus estrategias de sostenibilidad corporativa. Premios o incentivos fiscales para quienes donen recursos o participen en la certificación de “Escuela Sostenible” generarían un incentivo concreto para multiplicar estas experiencias.
En el ámbito federal, la Presidencia de la República dispone de la autoridad para escalar el modelo a nivel nacional mediante una Estrategia de Educación Ambiental que reconozca los huertos escolares como elementos formativos y de salud pública (Agenda 2030, ODS 4 y 11). Definir indicadores multisectoriales —productividad, salud del suelo, participación comunitaria, aprendizajes socioemocionales— y otorgar presupuesto federal fijo para huertos educativos garantizaría continuidad más allá de los ciclos políticos. La creación de un Observatorio Nacional de Huertos Escolares en la SEP permitiría sistematizar la información y difundir buenas prácticas.
Como estudiante, espero que estas recomendaciones no queden en papel. Imagino una plataforma nacional de intercambio de buenas prácticas donde maestros y alumnos publiquen protocolos, infografías y videos paso a paso. Sueño con indicadores comunes de evaluación ambiental-educativa que permitan comparar avances entre escuelas. Anhelo foros estudiantiles en los que podamos presentar propuestas de sostenibilidad y participar activamente en la planeación municipal. Y, sobre todo, deseo programas de capacitación continua para docentes, de modo que cada escuela cuente con personal formado en agroecología, resiliencia climática y economía circular. Solo así construiremos una educación que trascienda el aula y transforme comunidades enteras.
Reflexión final
El proceso de evaluación del huerto escolar comunitario ha revelado que los verdaderos cambios no solo se miden en kilos de hortalizas o en porcentajes de asistencia, sino en la transformación de la mirada de quienes participan. Cuando un estudiante registra con asombro la primera abeja silvestre en su bitácora, o una madre de familia comenta con orgullo cómo plantó su propia hierba medicinal en casa, estamos presenciando el florecimiento de una conciencia ambiental y comunitaria. Cada obstáculo—desde el retraso de insumos hasta las tormentas imprevistas—se convirtió en oportunidad para fortalecer redes de colaboración y reafirmar que la sustentabilidad es un compromiso colectivo, subordinado al ingenio y la voluntad de las personas.
Mirando hacia adelante, confío en que este proyecto sirva como un faro para otras escuelas y comunidades. Las lecciones aprendidas nos invitan a institucionalizar la flexibilidad, la sistematización y la participación continua como ejes de cualquier iniciativa de sostenibilidad. Mi reflexión final es un llamado a valorar la dimensión humana de estos procesos: más allá de protocolos y sensores, son las voces, los gestos de curiosidad y el orgullo compartido los que constituyen el corazón de la transformación. Sembrar un huerto es, al fin, sembrar esperanza en el suelo fértil de la educación y el cuidado mutuo.
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